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  • La variable Pinnochio - Relato ilustrado/

    Escrito por FernandoLlor el 06/03/2015
    Hace un tiempo escribí para la página de Relatos ilustrados "La variable Pinnochio" una historia de ciencia ficción ambientada en un mundo futurista. En esta ocasión la ilustración corría a cargo de Medellia Gray con la que ya he colaborado en varias cosas y seguiré haciéndolo.

    El caso es que tras escribir esta historia se me ocurrió continuarla haciendo un cómic que transcurra en el mismo universo y para ello voy a colocar un anuncio en el foro.

    Espero que os guste la historia:


    yukionna7mb.jpg

    Año 49, primer trimestre.

    Teníamos que hacerlo, intentamos eliminar la variable Pinnochio para no morir a manos de los Sints. Nos equivocamos, ya lo habían previsto.

    Quince años antes resolvimos nuestros problemas energéticos. En una década paliamos la mitad de los efectos de la catástrofe ambiental. El cielo seguía oscurecido y la lluvia seguía teniendo altos niveles de acidez, pero al menos ya podíamos respirar sin tener que filtrar el aire. Lo dimos por concluido y nos dedicamos a otra cosa. Creímos que teníamos una cuenta pendiente con la realidad aumentada.

    Invertimos todo nuestro afán investigador en generar nuevas formas de vivir y de emocionarnos. Al principio fueron las comunicaciones, establecimos maneras impensables de transmitir datos a velocidades de sinapsis neuronal. Las computadoras inteligentes del pasado no eran más que un chiste. Ahora los aparatos incluían una Bomba NaK, un circuito de Sodio y otro de Potasio que hacía fluir el reguero de información y además lo aceleraba. Los ordenadores, los teléfonos y las pantallas pensaban con la misma rapidez que nosotros. Ahí empezó todo.

    Quisimos llevar la Bomba Nak a la robótica. En pocos años nacieron los Sints, vidas sintéticas con protocolos precisos. Se empezó por otorgarles funciones peligrosas, se encargaban de la maquinaria pesada, de la extracción de Linium y de comandar exploraciones en solitario a regiones nuevas. Teníamos que haber parado ahí pero no fuimos capaces, nunca lo hemos sido.

    Hideo Watanabi, el padre de la Bomba Nak, empezó a elaborar un programa en secreto: Yukionna. Con él pretendía crear una nueva generación de Sints, incluyéndolos en la vida cotidiana. Cuando terminó el trabajo se atrevió a presentarlo en sociedad. Hubo algunas voces que advirtieron de sus peligros, pero las grandes corporaciones no dudaron ni un instante de que sería un éxito. Podían crearse Sints para la cocina, para la limpieza, para el entretenimiento, para la compañía, para el sexo.

    Existía un catálogo inmenso de posibilidades, se podía elegir el color de piel o de los ojos, la longitud del cabello, lo definido de los músculos, el tamaño de los pechos o la cantidad de palabras que podían decir al día. Sints al servicio de la humanidad para facilitarnos las cosas, ese era el espíritu de Yukionna.

    Pero Hideo no tenía previsto lo que ocurrió. Llegó el mercado negro al mundo sintético. El Clan Sanaka consiguió modificar la composición genética de algunos. Fue un desastre. En el año 44, los Sints cometieron más de tres mil asesinatos que quedaron sin juzgar. No se podía culpar directamente a una vida sintética de sus actos, y el rastro para llegar hasta quien había ordenado el crimen era indetectable.

    Preciosas mujeres de rasgos asiáticos, creadas para estimular las perversiones de tipos adinerados, se habían convertido en máquinas de matar capaces de degollar a un hombre con un tessen o de apuñalarlo con unos saibashi.

    Se intentó parar la producción de Sints pero las corporaciones se negaron, dijeron que eliminarlos a todos no era una solución, era un cataclismo, había que buscar otra opción.

    Watanabi propuso una solución: la variable Pinnochio. Se trataba de introducir en los Sints una pizca de humanidad, algo que los alejase de cumplir ordenes sin más y los llevase a una nueva evolución en la que razonar antes de tomar decisiones.

    Para ello había que dotarlos de una memoria sensitiva y emocional, generar recuerdos y enseñanzas que les permitiesen distinguir el bien del mal. No se les daba libre albedrío pero sí que se les otorgaba la capacidad de decidir antes de cometer un acto atroz y, por tanto, ya se les podía juzgar. Además fuimos implacables, si un Sint cometía ahora cualquier mínimo desliz se le ejecutaba en la plaza pública.

    En el 48 el Clan Sanaka desistió y dejó de emplear a los Sints para matar, ahora ya no tenía sentido. El mayor de sus Señores, adelantado al resto de la humanidad, decidió apartar cualquier rastro de vida sintética de su organización, decía que en poco tiempo podría ser peligroso.

    A los pocos meses, la variable Pinnochio se transformó. La manera de incluir a los Sints en sociedad ya no tenía que seguir los viejos protocolos, ahora, dotados de capacidad moral, ya no era necesario advertir a nadie de que se estaban introduciendo en sus círculos. A tu lado, en el trabajo, en un local, haciendo un viaje o comiendo en un puesto en la calle, podía estar un Sint y nadie tenía porqué saberlo.

    Llegó la paranoia, había maridos que acusaban a sus esposas de no ser humanas. Jefes que hacían limpiezas genéticas en sus empresas. Mujeres que desconfiaban de sus propios hijos. Así que se tomó la gran decisión: la variable Pinnochio desaparecería.

    Pero no se pudo hacer, los Sints sabían qué se pretendía hacer con aquello, volver a los tiempos de la esclavitud. Limpiar, cocinar, matar y follar sin poder decir nada, sin establecer ninguna condición y sin saber si se estaba haciendo algo malo. Y por eso lo impidieron y fueron más allá.

    Los presidentes de las corporaciones fueron asesinados en sus casas y sus cadáveres fueron expuestos como muestra de fuerza.

    Watanabi trató de convencer a su compañera Sint, de que todo aquello era un error.

    La había llamado Yukionna, en honor a su primer programa, tenía el rostro muy blanco, los labios rojos y los ojos en gris metálico. Había aprendido a disfrutar del baile y de la interpretación y, sobre todo, le gustaba maquillarse como una mujer de otra época.

    -Esto no puede ser Yuki, no podéis eliminar a quien os ha creado, es antinatural – dijo Hideo casi suspirando.

    -Todos los dioses duermen bajo los pies de sus creaciones – replicó ella muy fría justo antes de deslizar el tessen por el cuello del creador.

    La muerte de las corporaciones y de Watanabi fue el principio. En pocos meses los Sints tomaron el control de sus propias fábricas.

    Justo antes de terminar el 49, como regalo de fin de año, decretaron el exterminio de tres cuartas partes de la población humana. El resto serían destinados a las labores más duras.

    Ahora solo el Clan Sanaka, escondidos en una región inhóspita, son la única esperanza de la humanidad. Estamos en manos de asesinos brutales y sin escrúpulos. Como siempre.
  • Ya está subida la página 2 de BlindTown/

    Escrito por FernandoLlor el 05/01/2015BlindTown
    Pues eso BlindTown sigue su curso con un servidor al guión y el gran Álex Muñoz a los pinceles
  • La prohibición del Shogun - Relato Ilustrado/

    Escrito por FernandoLlor el 31/12/2014
    Entre todos los relatos que he escrito en 2014, hay uno de ellos al que le tengo especial cariño. Es "La prohibición del Shogun" y está ilustrado por la genial Judith Ballester.

    demon samurai lineartcolor final.png

    El Shogun, Tokugawa Ieyasu, las había prohibido. Todo aquel que poseyese una espada Muramasa debía deshacerse de ella, rompiéndola en varios pedazos y arrojándola a un fuego que la purificase. Porque estaban malditas. Desde hacía más de cien años, las katanas fabricadas por ese clan habían traído la desgracia a su familia. Y no era casual.

    Cuando el propio Muramasa trabajaba como discípulo del maestro Masamune, aprendió a crear armas inmensas, de casi dos metros. Pero a medida que iban pasando los años, el discípulo se volvió ambicioso, quiso dotar a todas sus espadas de tanto filo que se decía que estaban poseídas por un espíritu maligno.

    Entre las habladurías y las desgracias, Ieyasu no lo dudó, todo el acero fabricado por Muramasa debía desaparecer.

    Fueron tres las únicas voces que se alzaron contra la prohibición. La primera la de Watanasi, un anciano forjador, discípulo del clan ahora ilegítimo. Dos veces se arrodilló ante el Shogun pidiéndole clemencia y compasión. Si sus espadas estaban malditas, toda la labor de su vida no era sino una mancha negra que ensuciaría para siempre su honor. Al no ser escuchado recurrió al seppuku.

    La segunda vino del Magistrado Nagasaki. Su colección de katanas Muramasa era inmensa. Cuando Ieyasu descubrió que a pesar de su mandato, Nagasaki todavía conservaba sus armas, le hizo llamar. En pocas palabras trató el magistrado de convencerlo, “no puede haber maldición en una espada, sino en el hombre que la empuña” y nada más cerrar la boca, su cabeza ya rodaba por el suelo.

    La última llegó sin que nadie la esperase. En la última noche de Mayo de 1616 un solo hombre irrumpió en el Castillo Edo. En apenas cuarenta minutos dio muerte a más de cuarenta hombres. No pronunció ni una sola palabra, nadie entendía quién era y porqué luchaba con tal brutalidad.

    Su paso se convirtió en un reguero de sangre en los pasillos del Castillo. La guardia principal del Shogun, ahora enclaustrado, moría sin posibilidad alguna. Aquel hombre, inmutable, con el pecho descubierto y la cara oculta bajo el rostro de un demonio, les inspiró tal temor que aquellos pocos que quedaban con vida, salían corriendo.

    El camino de muerte se extendió hasta los aposentos del Shogun. Cuando se abrió la puerta, Ieyasu esperaba firme y convencido de su muerte. El hombre silencioso se acercó a él y colocó su katana lo suficientemente cerca como para que la sangre salpicase su cara.

    - Muramasa te envía saludos – dijo aquel rostro cubierto.

    El Shogun no pudo más que llorar y cuando se daba por muerto la espada tembló, primero de manera frágil e instantes después con tremenda violencia. El espadachín comenzó a gritar, Ieyasu le acompañó y sus gritos inundaron todos los rincones del Castillo. Y al concluir el alarido aquel extraño se desvaneció.

    Atemorizado más que nunca en su vida, el Shogun comprobó que la espada refulgía en el suelo y al fin lo comprendió. Era el espíritu del mismo Muramasa quien había irrumpido en su palacio para limpiar el nombre de su clan con toda aquella sangre.

    A la mañana siguiente, Tokugawa Ieyasu falleció, su legado fue un shogunato que se extendió durante doscientos cincuenta años de poder indiscutible. Y no solo eso, también legó una espada, la espada de Muramasa, maldita para siempre y que aún en nuestro tiempo nadie sabe donde está.



    ¡¡¡Feliz 2015 a todo el mundo!!!
  • Acaba de arrancar BlindTown/

    Escrito por FernandoLlor el 30/12/2014BlindTown
    Pues eso...acaba de llegar la primera página de BlindTown
  • La herencia del pirata Clarence - Relato ilustrado/

    Escrito por FernandoLlor el 30/12/2014
    Además de dedicarme a escribir guiones de cómic como si no hubiera un mañana y de iniciar una nueva vida en Subcultura de la mano de BlindTown, si hay algo con lo que disfruto como un mono en una fábrica de frutos secos es con la escritura de relatos.

    Para ello utilizo principalmente dos canales. El primero es mi blog Guionista de Barrio en el que pongo relatos y también cuento algunas experiencias de mi vida como guionista.

    El segundo es Relatos Ilustrados web creada por Adrián Benatar y en la que colaboro desde hace un mes escaso. La dinámica de la página es buscar ilustradores que nos cedan algún dibujo que ya tengan y sobre los que nosotros escribimos relatos no demasiado largos.

    Una de mis colaboraciones, con dibujo de Pablo Ballesteros fue esta:

    pirata.jpeg

    Las seis islas del mar del Viento, formaban, si se veían desde arriba, el rostro del viejo pirata Clarence.

    Al menos eso decía la leyenda, ya que Clarence, escondió allí el botín más grande de toda su exitosa carrera como saqueador. Y para que nadie pudiese hallar nunca la manera de hacerse con él, excavó unas cuantas cuevas a lo largo de todas la islas, haciendo que, a vista de pájaro, simulasen su propio rostro enfurecido. Y además lo llenó todo con las peores trampas y maldiciones.

    En su lecho de muerte, rodeado de los mejores bribones de todos los mares, soltó sus dos últimos versos a modo de última voluntad: “Solo alguien de mi legado y que de verdad lo merezca, podrá conseguir el tesoro anhelado y salir de una pieza”.

    Al día siguiente partieron seis barcos hacia las seis islas, llenos de piratas que se habían hecho los sordos ante las advertencias de Clarence. Unos ardieron, otros se ahogaron, a uno lo convirtieron en una gallina coja y otro, el único con la fortuna suficiente como para ver el tesoro, se quedó ciego al instante justo antes de convertirse en polvo.

    Así que empezaron a tomarse en serio las últimas palabras de Clarence y se fueron a Ristoli a buscar a su único hijo conocido. Alfredo Louis Clarence había abandonado la piratería con apenas siete años y su padre se había convertido en el modelo perfecto de todo lo que no había que hacer. Por eso se había convertido en un hombre de bien, estuvo siete años en el seminario y nada más salir fue nombrado párroco en uno de los barrios más populosos de Ristoli.

    Jack Malapata y Julius Pataquebrada no paraban de lamentarse porque, por mucho que tratasen de convencer a aquel sacerdote estirado, seguro que no era “merecedor” del tesoro de su padre, así que ya no había remedio, el tesoro del pirata Clarence se había perdido para siempre. Hasta que Jack y Julius recordaron una cosa.

    Cerca del mar de Irlanda, había un pequeño pueblo en el que siempre hacían escala. Era un pueblo frío, entre las montañas y sin apenas espacio para albergar más que un par de barcos. Sin embargo, todos los años, rondando el 13 de Agosto, el pirata Clarence, ordenaba conducir allí su navío. Nadie en la tripulación sabía muy bien los motivos del capitán, y el último que osó preguntar terminó con su lengua clavada a un barril.

    Recordaron Malapata y Pataquebrada que cierta noche de borrachera, mientras volvían dando tumbos, vieron al capitán besándose de manera apasionada con una mujer pelirroja. Al momento se miraron y se dieron cuenta de que podían haber encontrado la solución que buscaban.

    Nada más llegar a Rockelsbury, la gente empezó a desconfiar. Nadie quiere a piratas en su puerto y menos a unos que no paran de hacer preguntas. Julius y Jack lo intentaron por todas partes, interrogaron al mesonero, a la mujer de la posada, a tres campesinos y hasta fueron puerta por puerta, pero nadie les decía nada. La mujer a la que buscaban había desaparecido.

    Llegando al barco, ya entrada la noche, y con varias cervezas encima, vieron como alguien cubierto por unas telas se colaba en la bodega del barco. Apuraron el paso, desenfundaron sus sables y Jack pegó un grito:
    -¿Quién anda ahí? ¡Déjate ver! ¡acabas de cometer el peor error de tu vida!

    El polizonte echó a correr sin sentido tratando de librarse, pero tropezó y quedó tendido en el suelo.

    -¡Muéstrate!- le gritó Pataquebrada con muy mala leche.

    Y al quitarse aquellos andrajos la vieron al fin. Una muchacha pelirroja, de larga melena y muy temblorosa.

    -Lo…lo siento…me…me…me dijeron que un tal Malapata buscaba algún hijo del pirata…

    Julius y Jack se quedaron boquiabiertos, aquellos ojos, la melena, el diente partido igual que el del viejo Clarence y sobre todo, sobre todo, hablaba en verso. Jack se acercó hasta la chica, le palpó la cara y la olfateó. Julius se fijó en sus manos, en sus piernas, tenía que ser ella.

    -¿De quién eres hija, cuál es tu nombre? – dijo con un hilo de voz.

    -Soy Anne, la hija bastarda de un capitán.

    Julius y Jack se miraron y ya no necesitaron más. Ya tenían a la chica, ahora solo tenían que hacerla merecedora de la herencia del pirata Clarence.

    Y así fue pasando el tiempo, enseñaron a aquella chiquilla remilgada a robar y a estafar, a pelear y a maldecir. Aprendió a hacer trampas con los dados, a beber con los más bravos y a sacar provecho de todos sus encantos. En apenas dos años, Anne Bonny, la hija de una amante perdida del pirata Clarence, pasó a ser la mujer más respetada de todo el mar de Irlanda.

    Pataquebrada y Malapata estaban muy orgullosos de ella, y le repetían todos los días, que su padre la hubiese despreciado tanto como a cualquier otro pirata y eso les llenaba los ojos de lágrimas. Ambos se hacían mayores y cuando Anne cumplió veinte años le entregaron al fin, aquello que durante tanto tiempo le habían prometido, el mapa de las seis islas del mar del Viento, la manera de llegar hasta el tesoro de su padre.

    Anne recogió el viejo papel y miró a sus dos mentores con cariño:

    -Nunca habéis entendido aquello que mi padre hizo – entre su sonrisa destacaba el diente roto.

    -¿Qué quieres decir Anne? – dijo con algo de esfuerzo el viejo Jack.

    Anne se acercó a ellos y besó a cada uno en la mejilla. Al momento salió corriendo hasta la cubierta del barco, se encaramó del mástil principal, se abrió la camisa dejando un pecho a la vista y se puso a reír y a gritar:

    -¡El tesoro del pirata Clarence no son sus monedas! ¡su único legado es que disfrutes mientras puedas!

    Y así se carcajeaba Anne Bonny, con la bandera negra a su espalda mientras el resto de la tripulación, Julius y Jack incluidos, comprendían al fin que el pirata Clarence les había dejado la mayor riqueza de todas: la libertad de seguir siendo quienes eran.

    ARTE DE: Pablo Ballesteros
  • Llega BlindTown/

    Escrito por FernandoLlor el 29/12/2014BlindTown
    Hace un ratillo colgué la primera página de BlindTown en su estreno en subcultura.



    Espero que guste mucho, la historia que tiene detrás da como para una novela a medio camino entre el terror y el cachondeo.

    Después de darle vueltas por un montón de editoriales llegamos hasta uno que nos dijo: "vale, os lo publicamos, pero tenéis que quitarle los nazis", a lo que respondimos estupefactos: "es que es una historia de nazis" y la réplica que recibimos fue: "ya bueno...vosotros ya me entendéis".

    En fin, hartos de tener esta historia dentro de un cajón, decidimos traerla a Subcultura para que todo el mundo pueda disfrutarla.