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Las horas olvidadas del Conde de Monte Cristo

Escrito por JeninaValira el 23/06/2015
Hace poco que me he acabado de leer la magnífica obra que es El Conde de Monte Cristo, de Alejandro Dumas. Los afilados diálogos, las sensaciones tan vivas, las atmósferas tan reales... todo me ha hechizado como pocas veces en la vida y, precisamente por eso, no puedo sacármelo del corazón. Así que voy a empezar un par de relatos cortos sobre momentos que, aunque no existen en el libro, mi mente no puede sacarse de la cabeza. Éste es el primero de ellos.


Las horas olvidadas del Conde de Monte Cristo: En la intimidad de la muerte

La puerta del dormitorio se cerró. Era el médico y amigo de la familia, el que lo había guiado hasta esa cámara, aunque él, lleno de zozobra, nada sabía de que el religioso abate que había traído no lo era. En el corazón del médico sólo reinaba el tremendo dolor de la muerte, pues, aún siendo discípulo de Hipócrates, no pudo salvar la joven que allí reposaba. Sufría también por el pobre padre desconsolado de la chica, el señor de Villefort, cuyo corazón estaba completamente roto. Tanto el médico como el padre compartían un secreto que volvía aquello todavía más pesumbroso: ambos sabían que se trataba de un asesinato mediante envenenamiento. Igual había sucedido pocas semanas antes con los abuelos maternos de la joven Valentina y, Villefort, destrozado, se reprochaba a sí mismo no haber parado la matanza mientras podía, aunque hubiese destrozado su hogar, la reputación de su familia, su empleo y su felicidad en el proceso. Ahora ya no le quedaba nada, o al menos era lo que éste sentía, aunque la señora de Villefort extendiese sus brazos hacia él con la intención de que llorase. Villefort se consolaba diciendo que todavía le quedaba su hijo Eduardo, que había tenido con ésta, su segunda esposa.

Mas él, aun solo, debía sentir menos agonía que el viejo que estaba en el cuarto, su padre. El viejo Noirtier hacía ya mucho había sufrido una apoplejía que había paralizado su cuerpo entero y sólo era ya dueño de sus ojos y de su mente. Él era un cadáver viviente, una cáscara de carne muerta que, aun así, dentro de él jamás había habido mayor exaltación y un borboteo más profundo de emociones, que ahora lo dominaban. Noirtier sí que se hallaba ahora solo en el mundo. Su nieta Valentina era la única que lo amaba en aquella casa, y ya no estaba. Era la única que comprendía todas sus señas, la única boca que tenía tras la muerte de su fiel criado, también envenenado, ya que no contaba con la compañía de su ingrato hijo. Ella era la única luz que le quedaba en su vida, ella era su alegría, su dicha, su todo. También él era para ella la única persona en aquella casa hostil, y ahora habia mostrado cuánto, en la que podía confiar y confesar todos sus anhelos. Anhelos que ya nunca se realizarían.

La habitación, en semipenumbra, con las cortinas echadas como si el sol fuese un sacrílego al querer calentar las mejillas que jamás se sonrojarían de nuevo, era una tumba de silencio e inquietud. El falso abate que había entrado en la cámara donde estaban los restos de la recién difunta miró a Noirtier con curiosidad. Se sentó sin molestar sus intensos pensamientos, que se reflejaban en sus ojos ¡que eran el espejo del alma! ¡un alma sangrante cuya mirada recordaba hasta al más alegre la pesadumbre más terrible! El abate, con un fino libro en una mano, comenzó a orar en silencio por el alma de Valentina. El dolor acabó venciendo, y una lagrima asomó a los ojos del abuelo. El falso abate lo miró. En sus adentros, casi conmovido por tanto dolor, pensó en contar la verdad sobre la joven al pobre anciano, pero no lo hizo. Temía por la cantidad de buenas obras que había hecho recientmente, como acceder a no segar la vida del joven Alberto, y temía que más acciones similares puediesen minarlo a él, a su resolución, que era lo único que le quedaba ¡Él era el Conde de Monte Cristo! ¡Su nombre debía ser sinónimo si no de Providencia, de la Venganza de Dios! En su corazón no debía caber más bondad, pues la última vez que fue así fue cuando el mundo se volvió contra él como un perro rabioso, listo para arrancarle la cara. Así pues, calló. Pero no podía dejar de observar a Nortier, no olvidaba que él era la causa de todos los suplicios que había vivido ¡Sí, él! Aunque era el más inocente de todos, pues él no le había causado ningún mal. Cuando fue detenido por la devoradora y dañina envidia de aquellos que creía sus amigos, podría haber sido puesto en libertad de nuevo, si hubiese sido otro el que se sentase en el lugar del procurador del rey para juzgar su caso. Pero había sido el dueño de la misma casa en la que estaba, ahora bajo un disfraz, otra apariencia, había sido Villefort. Él lo había encerrado, sabiendo que era inocente, para salvar al verdadero culpable del crimen de bonapartismo, ése era su padre. Monte Cristo sabía que no podía castigar ese anciano pues no podía achacarle causarle ningún prejuicio. No había sido él. Sin embargo, una morbosa inclinación nacía desde el fondo de su corazón, una fijación por Noirtier le empujaba a clavar sus abismales ojos en él. Deseaba despegar sus labios, decirle quién era, la víctima de su hijo Villefort, y esperar su respuesta. Ansiaba saber si encontraría un disculpa en los ojos de Nortier, o quizás miedo, pues sabiendo lo que obliga a hacer el odio a algunos hombres, quizás temiese por su vida. El conde desechaba eso, tenía una idea demasiado alta de aquel hombre como para que así fuera. Idea que, por otra parte, no tenía fundamento, pues jamás había podido... tenido la oprtunidad... de hablar con él. Las tentaciones volvían. Miró a los ojos al viejo, dejando ya de fingir que seguía rezando. Las dos miradas más poderosas de París se cruzaron, mas no en una afrenta, sino en un sondeo. El abuelo se preguntaba porqué no continuaba con las oraciones; el falso abate, si debía dar un paso más. El Conde se submergió de nuevo en aquello que era y que debía recordarse a veces para no perder el rumbo que se había fijado. No podía permirtirse que supiese su secreto, ¿para qué? Él no era una de las personas que se había jurado que escucharía maldecir su nombre mientras expirasen o, quizás, se arrepentirían entre lágrimas pecadoras en su último momento.

Fijó su vista en la cama, de cuyo extremo colgaba un suave y blanco brazo que, aunque intentaron colocarlo de nuevo en su lugar para simular que ella tan sólo estaba dormida, nadie lo consiguió. Fingió volver a los sagrados menesteres que le habían rogado, velando por el cadáver hasta el momento de su funeral. Nortier también había bajado la mirada, pensando en la última vez que Valentina había besado su frente. Debía recordarlo muy bien, pues ya no habría nunca otro beso de ella. El conde supo que era incapaz de resistirse, que ya había perdido esa guerra contra la lógica que intentaba imponerse. Volvió a clavar sus penetrantes ojos, esta vez despiadados, en el anciano, despegó los labios... Y se cruzó con la atormentada mirada de un hombre demasiado cansado para seguir viviendo. Un hombre al que ya nada importaba.

En su boca murieron las palabras que iba a decir.

Admirando: la obra de arte de Dumas

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    1. Avatar de JeninaValira
      JeninaValira dijo el 10/01/2016

      @Cano: Es un personaje tan potente en la obra que verlo reducido a la casi nada es casi tan terrible como el resto de su historia :C
    2. Avatar de Cano
      Cano dijo el 10/01/2016

      Qué horror, vivir así. Y ver morir a quienes le quieren, y además la única forma de comunicarse. Mejor estar muerto :(
    3. Avatar de JeninaValira
      JeninaValira dijo el 23/06/2015

      D'oh!
      Jajajaja Bueno, lo imaginaba. Total, sólo quería escribirlo XD
    4. Avatar de Juan-Pedro
      Juan-Pedro dijo el 23/06/2015

      @JeninaValira: Te acabas de quedar sin que lo lea. Repasaré la obra y volveré.
    5. Avatar de JeninaValira
      JeninaValira dijo el 23/06/2015

      @Juan-Pedro: Pues... Un poco alto XD
    6. Avatar de Juan-Pedro
      Juan-Pedro dijo el 23/06/2015

      Hace como cuarenta mil años que leí El Conde de Monte Cristo, ¿que nivel de spoiler me hará el relato? Porque si es muy alto prefiero releer el libro antes de echarle una ojeada.