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Relato: La Danse Macabre

Escrito por Kamul el 04/10/2015
Pequeño relato que escribí en el pasado Halloween para Paw, mezclando un poco y de forma nada canónica su universo de Infinitas Paranoias con El Truco. Y justo ahora recuerdo que no llegué a compartir.

¡Espero que os guste!

¿Dónde estoy???Debo estar soñando, pensó Aura. No reconocía el enorme monumento de piedra en el que se encontraba. Por la forma de la planta habría jurado que era una basílica, pero no había bancos ni cruces ni apenas motivos religiosos en ella. Los inmensos muros de piedra estaban agujereados, y la luz de la luna se colaba porlas diversas brechas y se proyectaba sobre el suelo, como un extraño foco fantasmagórico.

Ella estaba tendida sobre una enorme losa de piedra que se alzaba sobre una escalinata, cubierta por un vestido blanco vaporoso con una falda larguísima que llegaba hasta el suelo. No fue hasta que empezó a incorporarse que se dio cuenta de que, en realidad, era la lápida de un sarcófago.

No era el único. Entre los muros, separados en tramos por las gruesas y agrietadas columnas corintias, se desplegaban cientos de nichos funerarios. Algunas tumbas estaban abiertas, otras firmemente cerradas. En algunos casos sólo se venían las mortajas raídas y sucias. ¿Un mausoleo? ¿Pero cómo había ido a parar allí???Aura se hubiese puesto pálida de haber podido. Apenas recordaba una breve conversación con Br la tarde anterior en una cafetería. Estando Halloween tan cercano era inevitable sacar el tema. La única noche del año en que la Muerte se manifestaba y hacía danzar a los espíritus hasta el amanecer. Quiso pensar que sólo era un sueño. Pero, si así era, ¿por qué lo soñaba? No recordaba haber tenido recientemente miedo a la muerte...

De repente la lápida tembló al recibir un duro golpe. Aura se levantó de un salto y dejó escapar un gritito de horror. La pesada losa de piedra fue empujada hacia el otro lado y se desplomó sobre los escalones con un estrépito que hizo eco en toda la sala. La chica quiso buscar algún lugar donde ocultarse, pero el miedo le había congelado los pies. Ella misma se hubiese puesto pálida de haber podido.

Algo se alzó desde dentro del sarcófago. Al principio parecía una maraña de harapos y huesos. Cuando se irguió de repente levantó una inmensa nube de polvo que se extendió en derredor, y de pronto pareció volverse tan inmaterial como ese mismo polvo. Se desperezó lentamente, dejando que las telas rotas y decrépitas cayesen al suelo, y reveló parte de su figura, perturbadoramente andrógina. Sus escuálidos brazos y el torso revelaban todos los huesos y costillas, y la extraña cara con textura de porcelana estaba rígida en una macabra sonrisa calavérica. Lo más siniestro de ese rostro era la ausencia de ojos. Donde el resto del cráneo debía seguir se alzaba una especie de pequeña lápida con forma de corona, totalmente integrada con el hueso. De su espalda brotaban cuatro alas de plumas negras, como las de los cuervos.

El corazoncito de Aura se desbocó. Había imaginado a la Muerte de muchas maneras, pero no así, tan alienígena, ajena a cuanto conocía, y sin embargo, de alguna manera reconocible. Cuando la grotesca Parca giró su cabeza huesuda hacia ella, emitiendo un desagradable crujido en su cuello, la muchacha no sabía si gritar, llorar o seguir muda de asombro.

Tras un minuto de silencio, se dio cuenta de que la extraña criatura no reaccionaba. No intentaba llevársela a rastras a ninguna parte. Trató de tranquilizarse a sí misma. No era su hora, claro. ¿Pero entonces, por qué...???La Muerte introdujo una de sus manos huesudas en su demacrada caja torácica, y rebuscó en su interior. Por un momento Aura rogó por que no fuese a blandir la temida Guadaña. Pero lo que sacó en su lugar fue un violín de madera negra, de precioso acabado, la envidia de un Stradivarius. A continuación, de su propia boca escupió la arqueta, y con sus dedos rasgó las cuerdas para arrancar una hipnótica melodía.Y entonces comenzó a tocar.

La melodía resultaba sorprendentemente familiar. Aura la había escuchado varias veces, en la radio. Siempre la emitían en el canal Clásico por estas fechas. La Danse Macabre, de Camille Saint-Saëns. Pero la que tocaba esta noche la Muerte era distinta. No sabía explicar por qué, pero algo de esa melodía le tocaba directamente al corazón.

De repente el mausoleo reverberó con el eco de una orquesta fantasmal de instrumentos invisibles. Todas las lápidas se abrieron de sopetón y las mortajas fueron retiradas. Cientos de restos y despojos humanos se alzaron de sus tumbas, y por la magia de la música se recompusieron y recobraron parte de su ser. Ante los atónitos ojos de Aura, casi un centenar de esqueletos se aglomeraron en el espacio frente a ella. Algunos aún llevaban las vestimentas con que fueron enterrados, ya parcialmente devoradas por el polvo y las alimañas, otros habían tenido que rasgar parte de sus propias mortajas para improvisar sus vestidos. Se dirigieron miradas vacías unos a otros a través de sus cuencas, se tomaron de las manos sin tendones y empezaron a danzar.

La luz de la luna siguió a los espectros como el foco de un salón de baile. La Muerte seguía tocando, concentrada en su sonata. La música terminó por embriagar a Aura y poco a poco superó su miedo inicial. Se atrevió incluso a descender las escaleras y situarse al nivel del salón de baile. Los esqueletos danzaban a su alrededor, pasaban por sus lados o por su espalda, pero nunca la tocaban. Ella llegó a verse tentada a tomar la mano de uno de ellos, pero siempre la evitaban.

Conforme la melodía continuaba, Aura se percató de un fenómeno tan extraño como maravilloso. A la luz lunar, los espectros empezaban a perder semblante terrorífico. La misma luz recubría sus huesos y se moldeaba en torno a ellos. Para cuando se quiso dar cuenta, lo que antes eran aterradores osarios andantes ahora eran siluetas plateadas de hombres y mujeres, vestidos a la manera de muchas épocas diferentes, pero todos unidos en aquella pasional danza que no podían detener. ¿Tal vez, hastiados de sus vidas grises y sus deseos no realizados, se entregaban ahora al baile en un deseo de ser por fin felices tras la muerte? ¿O simplemente eran marionetas sin libre albedrío, bajo el manejo de una entidad inevitable, que tan sólo les recordaba una vez al año que no importaba cuán ricos y poderosos fuesen, jamás podrían huir de ella? Aura intentó reconocer caras y expresiones, pero se movían tan rápido que le costó demasiado. ¿Sonreían o estaban tristes? ¿Se miraban con amor o apartaban la cara con odio? Demasiadas emociones, todas mezcladas, a veces parecía que de forma aleatoria. Todas confundidas en la marea de la danza. Como en la vida misma, pensó.

De pronto se percató de que los muertos se retiraban un poco más, hasta dejarle un espacio por el que moverse con soltura. Aura no entendió por qué hasta que volvió la mirada. Ante él veía a un apuesto joven, tan translúcido como los demás, cabello rubio repeinado, y un elegante uniforme militar que no logró identificar. Le sonreía con una expresión descaradamente seductora, pero había algo en el brillo de sus ojos que la muchacha no podía eludir. Se sintió sonrojarse cuando el joven le tendió la mano, claramente invitándola a bailar. No sabía hasta qué punto era correcto danzar con un muerto, pero...

Por una vez, no pasará nada. ¿Verdad?

Apenas dejó caer los dedos sobre su mano se estremeció por el contacto helado. Pero el fantasma no le dio tiempo a reaccionar. La tomó por la cintura y empezaron a girar al ritmo del violín de la Muerte.

Aura no sabía adónde mirar. Intentó apartar la mirada de los hipnóticos ojos de aquel joven, pero al hacerlo veía una espiral de fantasmas bailarines a su alrededor y se mareaba, así que su única posibilidad de aguantar era seguir mirándole. Era muy atractivo, pero creía percibir algo más que una cara bonita en él. ¿Tristeza, tal vez? El hecho de que todos los fantasmas se apartasen de ellos para dejarles bailar le extrañaba. ¿Acaso sentían rechazo hacia él? ¿Por qué? Y, al mismo tiempo, él la miraba como si tratara de escrutar en su alma. Buscando algo que necesitaba más que ella el corazón para vivir. ¿Pero qué sustenta a los muertos cuando ya no necesitan sus cuerpos?

Por un momento Aura bajó la guardia. Aquel hombre, pese a ser un difunto, le transmitía seguridad. Deseó agachar la cabeza sobre su hombro, dejarse abrazar y ser protegida. Pero la música empezó a cambiar de intensidad. El joven se separó de Aura, dejándola en medio de la sala, pero no dejó de moverse. Ella se preguntó qué le había hecho cambiar de opinión, por qué de repente la abandonaba en mitad de aquel torbellino. Su respuesta llegó bajo la forma de una dama espectral, una muchacha muy bonita vestida a la manera de los años 30, con tremendas ojeras deformando sus ojos. Tenía la expresión más triste y desolada que hubiese visto en su vida. Y el otro tipo trataba de sostenerle las manos, trataba de hablarle y consolarla. Su sereno semblante se descompuso, como si acabara de reencontrarse con un ser muy querido al que no veía desde hacía una década. Pero ella le rehuía. Hicieron piruetas entre los espectros danzantes, esquivando parejas de baile. Él gritaba en silencio, ella simplemente le daba la espalda.

Y de pronto uno de los danzantes, un hombre esta vez, le agarró de la mano e interrumpió su carrera. Miró al joven con el odio chispeando por sus ojos fantasmales. El otro pareció encogerse de miedo y trató de zafarse. De pronto su captor señaló a una de las mangas. Aura se sorprendió al no haberse dado cuenta antes del detalle: en el uniforme destacaba una banderola roja con el símbolo de la esvástica alemana.

El tono de la sonata cambió radicalmente. La Muerte empezó de pronto a tocar con agresividad, y la música retumbó con tal fuerza que Aura tuvo que agacharse y taparse los oídos con las manos. Los muertos giraron y se precipitaron sobre el joven, y de pronto se despegaron del suelo y empezaron a levitar en trompos por todo el espacio del mausoleo. Su danza se convirtió en una vorágine de furia y agresividad, en la que tiraban entre sí, lanzaban a su pareja con ímpetu hacia otro danzante. La luz de la luna se tornó roja como la sangre, y proyectó sombras en las paredes que se asemejaban a fusiles, tanques y misiles que estallaban justo cuando la percusión de la Muerte atronaba en el mausoleo. Y en medio de aquel caos, el espíritu del joven alemán trataba de alcanzar a la dama, que seguía evitándole, con una cara tan triste que dolía mirarla. Pero sus compañeros en la muerte no se lo permitieron. Tiraron de él hacia el suelo, y siguieron danzando con furia a su alrededor hasta convertirse en un remolino de emociones oscuras. Tal era la intensidad de la melodía aquí que Aura temía que el edificio se fuese a desplomar sobre ellos.

Y entonces... El primer rayo de sol del amanecer tocó sus ojos.

Como ratas asustadas, los espectros se echaron hacia atrás, evitando la luz a toda costa, y regresaron a sus tumbas. Aura volvió a mirar a la atroz sala de baile, pero sólo pudo reconocer dos pares de ojos, que a pesar de todo ese momento de dolor vivido, hicieron un último esfuerzo por volverse a encontrar. Si lo hicieron o no, Aura nunca lo supo. Las negras alas de la Muerte la envolvieron como un sudario, y se hizo el silencio.

Despertó con un fuerte dolor de cabeza, y las sábanas hechas un lío sobre ella. Algo le decía que iba a necesitar mucho café para aguantar bien la mañana.

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    1. Avatar de Paw
      Paw dijo el 15/10/2015

      Bien sabes que me encantó <3
    2. Avatar de susurro
      susurro dijo el 05/10/2015

      Muy buen relato :D, me gustan esas historias.